-- Te he echado de menos --dijo.
-- Yo también.
Nuestras palabras se quedaron suspendidas en el aire. Durante un largo instante nos miramos en silencio. Vi cómo la fachada de Marina se iba desmoronando.
-- Tienes derecho a odiarme --dijo entonces.
-- ¿Odiarte? ¿Por qué iba a odiarte?
-- Te mentí --dijo Marina--. Cuando viniste a devolver el reloj de Germán, ya sabía que estaba enferma. Fui egoísta, quise tener un amigo... y creo que nos perdimos por el camino.
Desvié la mirada a la ventana.
-- No, no te odio.
Me apretó la mano de nuevo. Marina se incorporó y me abrazó.
-- Gracias por ser el mejor amigo que nunca he tenido --susurró a mi oído.
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